La muerte en Yucatán: Las verdaderas costumbres funerarias de los mayas

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Los mayas precolombinos le tenían miedo, casi terror (o sin el casi), a la muerte. Tan es así que la representación de la divinidad (Ah Puch, Cumbau o Kizín) es un esqueleto, con partes de carne podrida y huesos como adornos y Xibalbá o el Metnal es un sitio oscuro y tétrico en lo más profundo del inframundo.

Sin embargo, reverenciaban a sus muertos. Y no necesitaban un día especial para ello porque generalmente los enterraban en el patio de sus casas (la mayoría de la gente común o maceuales) o los incineraban y mantenían en urnas –que en ocasiones era el cráneo del muerto al que hacían un orificio “en el colodrilo” (parte posterior del cráneo) para depositar los restos áridos- en un sitio especial dentro de las viviendas.

Al menos eso es lo que nos dicen los más conspicuos investigadores de la cultura maya porque evidencias históricas hay muy pocas –códices y los escritos de Diego de Landa están “contaminados” de sincretismo con costumbres de otras tierras y con la fe cristiana- y los estudios están basados más en vestigios arqueológicos.

Dos cosas, sin embargo, son de evidencia sólida: los ritos funerarios de los mayas tenían poco (casi nada) que ver con las festividades de estos días (sincréticas sería un término adecuado para definirlas) y –según la investigadora María Luisa Álvarez de Agredos, de la Universidad de Valencia-, el color ocupaba un sitio preponderante tanto en las tumbas como en el arreglo corporal del difunto en los entierros de los dignatarios políticos y religiosos. Dice que por eso es posible que hoy en día los cementerios de las zonas rurales de Yucatán sean un estallido de color en las tumbas.

En lo que toca al ritual, en la mayoría de los casos consistía en el arreglo del cuerpo, al que se le ponían unos granos de maíz en la boca (para que tuviera alimento en su camino al más allá) y una cuenta de jade (para el peaje). Se le enterraba junto con las herramientas de su oficio (si era agricultor sus aperos de labranza, si era artesano sus herramientas) y en ocasiones se sacrificaba un perro para que lo guiara en su tránsito al inframundo y lo cuidara de los peligros del camino.

Los grandes dignatarios eran enterrados en monumentos hechos ex profeso (como el Señor de Palenque y otras tumbas en diversos lugares) y se les adornaba con joyas de oro, jade y otros materiales preciosos, ornamentos ricamente elaborados, plumas de aves y –se dice- en ocasiones se sacrificaban esclavos y alguna mujer para que los sirvieran en la otra vida.(INAH)

El camino al más allá 

Eric S. Thompson, en “Grandeza y religión de los mayas” (1), dice: “El camino al Metnal es largo y peligroso… Hay que pasar tres portones y cruzar un lago con ayuda de perros antes de llegar al lugar de destino”. Los lacandones colocan una figurita de palma que representa un perro en cada una de las esquinas del enterramiento “para que guarden el alma en su último viaje”.

Dice el mismo que en las manos del muerto ponen un hueso de mono aullador y un mechón de pelo cortado en cada lado de la cabeza del difunto. “El primero para defenderse de los perros bravos durante el viaje; lo segundo, para espantar a las aves de presa”.

Con el cadáver –apunta Thompson- entierran tortillas, un elote y una calabacita de posol para que consuma durante el viaje. En las tumbas antiguas mayas se han hallado esqueletos de perros y en un caso un perro (en actitud) alerta, tallado en sílex.

Este autor dice que Landa escribe que los malos iban al Metnal, donde los atormentaban, y los buenos al paraíso, “pero éstos son seguramente ecos de las creencias cristianas”.

-En Yucatán –sostiene- es corriente la creencia de que después de una residencia temporal en el inframundo, los difuntos van al cielo más alto (el séptimo), pero los que mueren en la guerra y las mujeres en el parto van directamente allá.

Al ser Landa casi la única fuente histórica sobre los rituales funerarios mayas y estar imbuidas sus narraciones de criterios cristianos, es factible deducir que muchas de las prácticas actuales y las categorizaciones en malos y buenos (los que van al infierno y los que van a cielo), lo que se llama Janal pixán, tengan su origen en sus escritos a los que se les han ido añadiendo costumbres que nada tienen que ver con la cultura maya.

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